Un Comentario

  1. Gustavo Sepúlveda

    Cansados traigo los ojos,
    de mirar tanto imposible;
    aunque mares se atraviesen,
    cada día estoy más firme.

    Pasando el río, pasando el puente,
    por la corriente oí una voz,
    era mi negro que me decía:
    «no hay un consuelo para los dos».

    Pasando el río, pasando el puente,
    por la corriente oí una voz,
    era mi negro que me decía:
    «no hay un consuelo para los dos».

    ¿Cómo me consolaré,
    de este amor tan dividido?
    Me consolaré diciendo:
    «quién pudiera, dueño mío».

    Pasando el río, pasando el puente,
    por la corriente oí una voz,
    era mi negro que me decía:
    «no hay un consuelo para los dos».

    Pasando el río, pasando el puente,
    por la corriente oí una voz,
    era mi negro que me decía:
    «no hay un consuelo para los dos».

    ¿Cómo me consolaré,
    de este amor tan dividido?
    Me consolaré diciendo:
    «quién pudiera, dueño mío».

    Pasando el río, pasando el puente,
    por la corriente oí una voz,
    era mi negro que me decía:
    «no hay un consuelo para los dos».

    Pasando el río, pasando el puente,
    por la corriente oí una voz,
    era mi negro que me decía:
    «no hay un consuelo para los dos».

    Quién pudiera, dueño mío,
    a cada instante verte,
    y poner mis esperanzas,
    en los brazos de la muerte.

    Pasando el río, pasando el puente,
    por la corriente oí una voz,
    era mi negro que me decía:
    «no hay un consuelo para los dos».

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